La sombra del arte español

Los sanguinarios entran a la plaza y se disponen a ocupar sus asientos para contemplar la pena de muerte impuesta al toro por el simple hecho de ser eso, un toro. Una pena de muerte que lleva implícita una inexpugnable humillación que alimenta el sentimiento de fracaso que carcome a los taurómacos. Y es que la violencia es un anacronismo más propio de tiempos pretéritos que exime de avivar la conciencia con el eterno placer que produce contemplar el bienestar ajeno.

La mediocridad es la esencia de la tauromaquia y la irracionalidad de sus seguidores, el sustento que engrosa sus arcas. Tratar de defender el maltrato animal es como si un empresario armamentístico intenta convencernos de la necesidad de comercializar armas. En ocasiones, una mentira repetida muchas veces puede convertirse en verdad, pero cuando la miseria moral se apodera de la voluntad es imposible emitir palabras dignas de un ser civilizado.

Algunos tratan de paliar su putrefacción interna defendiendo la igualdad entre astado y verdugo cuando, en realidad, cualquier persona racional es capaz de reconocer sin tapujos que el toro es martirizado antes de salir al ruedo. Un día antes de la ejecución lo encierran en un lugar oscuro y silencioso para desorientarlo, reducen la longitud de sus cuernos, le golpean despiadadamente en zonas sensibles (testículos y riñones), le provocan diarrea, le untan grasa en los ojos y embadurnan sus patas con una sustancia que produce quemazón.

El toro sale al ruedo y los sanguinarios rebuznan con vehemencia magnificando la deshumanización del verdugo. Tras varios capotazos, llega el turno del picador que le clava una lanza en el lomo para destruirle múltiples órganos, músculos, nervios y vasos sanguíneos. Más tarde, el banderillero incrusta las banderillas en la herida que ha provocado el picador para agravar las lesiones internas. El toro, extenuado por la pérdida de sangre, trata de no sucumbir ante tal salvajismo y se mantiene erguido, aunque su ferocidad mengua cada segundo que pasa. Es entonces cuando el verdugo tiene la valentía de situarse a dos metros del toro para perforar su cuerpo con una espada de 80 cm que le destroza el hígado, los pulmones, la pleura, el diafragma y varias arterias principales. Y, finalmente, cuando es incapaz de mantenerse en pie le perforan las cervicales con un estoque para seccionarle la médula espinal, anular la función de los músculos respiratorios y provocarle la muerte por asfixia.

Y sí, queridos compatriotas, la barbarie de una minoría cada vez más débil e insignificante es un lastre que aún debemos arrastrar (aunque por poco tiempo) a expensas de ser el hazmerreír del mundo, insensibles orgullosos de su “Fiesta Nacional”, poseedores de una conciencia oscurecida por la sombra del arte español.

Imagen | theanimalday (cedida por Jonás Amadeo, fotógrafo profesional). ¡Gracias, amigo!

Artículo escrito por Gabriel Blanch

Siento debilidad por el ser humano, amo la escritura y me gusta emprender proyectos. Consciente de la relación entre mis grandes pasiones, he decidido fusionarlas para transmitir ideas que enfaticen el sentido de nuestra existencia y caminemos juntos por los senderos de la felicidad.