El eterno victimismo de los fumadores

Muchos jóvenes en edad de riesgo social (entre 14 y 18 años) sienten una necesidad imperiosa de abandonar el nido paterno para adentrarse en el complejo universo adulto y renunciar prematuramente a esa inocencia que tanto cautiva. Pero, la mayoría de veces, la inmadurez propia de la edad y la necesidad de mejorar las relaciones de amistad son determinantes en la toma de decisiones. Una toma de decisiones tan errónea como extendida que, entre otras cosas, incita al consumo de tabaco. Se estima que 9 de cada 10 fumadores empiezan a consumir tabaco antes de los 18 años y quien no se ha iniciado antes de los 26 años es poco probable que lo haga. Son datos esclarecedores que revelan una de las causas más frecuentes del tabaquismo.

Con el paso de los años, la mayoría de jóvenes fumadores se convierten en adultos esclavizados por el deseo de alimentar su adicción, a la vez que el pensamiento racional es derrotado por argumentos inverosímiles que sumergen en una fantasía muy alejada de la realidad. “A mí nunca me pasará nada“, dicen algunos. En psicología, esta actitud se engloba dentro de lo que denominamos defensa perceptiva, un mecanismo que utilizamos para evadirnos de situaciones desagradables creando una realidad paralela. En alguna ocasión, he hablado con fumadores sobre la nocividad del tabaco y se limitaron a proferir frases como “ya, ya lo sé, pero soy incapaz de dejarlo“, aunque los más impotentes simplemente esbozaron una tímida sonrisa sin verbalizar su frustración.

Es cierto que el tabaco es adictivo. De las más de 4.000 sustancias que contiene, la nicotina es la única que crea dependencia. Pero es innegable que a muchos fumadores les resulta más cómodo victimizar su situación para evitar afrontar el problema. Y no pretendo insinuar bajo ningún concepto que dejar de fumar sea tarea fácil porque no es cierto, pero no concibo que la falta de voluntad de los fumadores para dejar de intoxicar y destruir su cuerpo repercuta sobre la integridad física de personas que aman su salud. En España, cada año mueren 50.000 personas por tabaquismo (1.400 fumadores pasivos). Sin embargo, los fumadores denuncian que no se respetan sus derechos. ¿Acaso es lícito exigir unos derechos que atentan contra la libertad individual y provocan miles de muertes cada año?

Nos tratan como si tuviéramos la peste“, afirman algunos fumadores. Si un médico se pone guantes para evitar el contagio de enfermedades y un obrero se pone casco para evitar lesiones en caso de accidente, ¿qué tiene de malo que alguien se aleje de un fumador porque quiera prevenir el desarrollo de un cáncer? Además, desde el momento en que un grupo de fumadores se dignó a comparar el tabaquismo con la entrada de animales a bares quedó patente que sus argumentos son construidos desde el deseo y no desde la razón.

Evidentemente, tanto fumadores como no fumadores tienen derecho a reivindicar sus convicciones y materializar sus necesidades, pero no podemos obviar que la libertad individual termina donde empieza la libertad ajena. Al margen de cómo evolucione la ley antitabaco, pienso que fumadores y no fumadores deben llegar a un consenso basado en la objetividad, el respeto y el sentido común, cualidades que, hoy por hoy, brillan por su ausencia.

Imagen | Xavi Talleda (Licencia Creative Commons).

Artículo escrito por Gabriel Blanch

Siento debilidad por el ser humano, amo la escritura y me gusta emprender proyectos. Consciente de la relación entre mis grandes pasiones, he decidido fusionarlas para transmitir ideas que enfaticen el sentido de nuestra existencia y caminemos juntos por los senderos de la felicidad.