Pero qué sensibles son algunos. ¿Cómo puede afectar tanto a ciertas personas, especialmente a esos lunáticos que se hacen llamar animalistas, ver sufrir a un animal irracional? Si no tiene sentimientos, no sufre, ha nacido para respetar la voluntad del hombre independientemente de la magnitud de sus deseos.
Soy humano y, como tal, me embarga un profundo sentimiento de dominancia respecto a las demás especies. Reconozco que tengo muchos complejos que me impiden desenvolverme con normalidad, que muchos humanos menguan mi ego, que apenas me amo a mí mismo y tengo serias dificultades para amar a los demás, pero ensañarme con animales inferiores estimula mi autoestima y equilibra mi estado emocional.
Durante un tiempo estuve vinculado a la tauromaquia. Antaño fue un negocio muy rentable, pero últimamente la asistencia a las plazas de toros ha disminuido y ya no resulta tan atractivo. Lejos quedaron aquellos días en que ganaba cheques con varios ceros mientras yo, atónito y tembloroso, imaginaba una vida de ensueño rodeada de lujo. En realidad, no se cumplieron mis expectativas, pero no me puedo quejar. Aunque, sin lugar a dudas, el suceso que motivó mi desvinculación definitiva de los toros fue la muerte de mi hijo con tan sólo 19 años. Le incité a participar en los festejos taurinos del pueblo. En un principio se negó pero, ante mi insistencia, aceptó. Le di varios consejos y le hablé detenidamente acerca de los errores que se cometían más frecuentemente. De nada sirvió. En un momento en que el toro se le echó encima, hizo un movimiento en falso, le incrustó el asta en la ingle y le perforó la arteria femoral. Fue todo muy rápido, en cuestión de segundos. Murió desangrado a los pocos minutos. Aún recuerdo, compungido y con un nudo en el estómago, cuando me arrodillé a su lado y le grité “hijo, por favor, despierta. Papá no quiso hacerte daño. Nunca pensé que podría pasar algo así”. Con mis manos bañadas de sangre y mi corazón oprimido le acaricié y le besé repetidamente dándole el cariño que jamás recibió.
Ahora me doy cuenta, frente a la tumba de mi hijo, que he tenido una vida intrascendente. No he sabido amarle, no estuve a su lado cuando más me necesitaba, nunca le ayudé a hacer los deberes del colegio, tampoco me esforcé en conocer sus inquietudes y jamás le pregunté si le ocurría algo cuando estaba triste. En mis 54 años de edad, únicamente me ha preocupado pasar desapercibido ocultando mis complejos y mis debilidades torturando a animales y ganando mucho dinero. Reconozco que cuando trabajé en el matadero disfruté escuchando los relinchos de los caballos cuando los descuartizábamos. Sentir que podía decidir sobre la vida de otros seres me producía una sensación de bienestar indescriptible. Y ahora me encuentro solo, desamparado y sin nadie que me abrace.
En una ocasión, leí una cita de Arthur Schopenhauer que dice lo siguiente:
La conmiseración con los animales está íntimamente ligada con la bondad de carácter, de tal suerte que se puede afirmar seguro que quien es cruel con los animales, no puede ser buena persona. Una compasión por todos los seres vivos es la prueba más firme y segura de la conducta moral.
Puede que me haya equivocado. Los toros, los caballos y mi familia han sido víctimas de mis complejos y nadie tenía culpa de nada. Ni siquiera aquel caballo que un día humillé, a ojos de todos, en la parte trasera de mi furgoneta cuando lo llevaba al matadero. Bastante tenía con lo que sufriría después…
Desconozco qué haré a partir de ahora. Me encuentro en un punto de inflexión donde todo ha cambiado. Todo ha sucedido muy rápido y necesito asimilarlo. Pero hay algo que sí tengo muy claro: el sufrimiento es universal en todas las especies y jamás volveré a maltratar a un animal.

