Si por algo destacó la Edad Antigua fue por su cultura, especialmente por la invención de la escritura, que supuso un gran avance en la comunicación y difusión de conocimientos para provecho de las generaciones futuras. Platón, Aristóteles, Pitágoras y Sócrates, por poner algunos ejemplos, fueron grandes filósofos de la época que destacaron por su implicación en el entendimiento de la existencia humana y su relación con el mundo.
No obstante, la expansión territorial y la conquista de recursos naturales desencadenaron importantes guerras que arrebataron la vida de millones de personas y relegaron a la esclavitud a otras tantas. Pero en la sociedad, especialmente en los grandes imperios, se ensalzaban valores como la disciplina, el respeto y el compromiso. De hecho, el Derecho romano incluía tres preceptos que pretendían alimentar la felicidad de los ciudadanos:
- Honeste vivere (vivir honestamente).
- Alterum non laedere (no dañar a nadie).
- Suum cuique tribuere (dar a cada uno lo suyo).
Curiosamente, en tiempos pretéritos había un gran interés en implantar normas sociales que favorecieran el bienestar colectivo. Sin embargo, en la actualidad predominan intereses superfluos que alimentan nuestra codicia y nos convierten en meros consumidores de nuevas necesidades. Lejos han quedado los grandes sabios que se esmeraban en transmitir sus conocimientos o la unanimidad social en el trabajo conjunto y en la lucha por objetivos comunes.
Es obvio que el transcurso de los años ha traído consigo grandes avances científicos que nos han permitido prosperar en múltiples campos pero, a su vez, nos hemos convertido en víctimas de nuestros propios descubrimientos al usarlos con fines autodestructivos. Sin embargo, estamos sumidos en una crisis de conciencia que nos ha condenado a vivir un sinsentido constante, una distopía absurda, una falacia desmedida.
Siempre tendemos a culpar a los demás de nuestras desgracias, pero cuando comprendamos que somos todos y cada uno de nosotros quienes conformamos la sociedad seremos conscientes de que el secreto para construir en mundo más fraternal está en nuestro interior. Basta con vivir honestamente, no dañar a nadie y dar a cada uno lo suyo.
Referencia bibliográfica | ROJAS E., La conquista de la voluntad, Temas de Hoy, Madrid, 2010.
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